lunes, 7 de febrero de 2011
miércoles, 10 de noviembre de 2010
jueves, 12 de agosto de 2010
Piezas de Errol Morris
Aquí un par de ejemplos de piezas creadas a partir de testimonios.
Errol Morris es autor de una serie de entrevistas titulada FIRST PERSON. Aquí un par de las entrevistas que se realizaron en aquella serie.
Errol Morris es autor de una serie de entrevistas titulada FIRST PERSON. Aquí un par de las entrevistas que se realizaron en aquella serie.
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ideas para cortometraje
domingo, 18 de julio de 2010
miércoles, 2 de junio de 2010
jueves, 25 de marzo de 2010
Sonidos con música (1): Where Amazing Happens
Unos videos promocionales espectaculares de la NBA que usan un sistema muy efectivo de generar emoción: la creación de música mediante la edición de sonidos.
Recuerdan también al efecto que se logra en el documental sueco SURPLUS sobre la sociedad de consumo (colgado en este blog también.)
Recuerdan también al efecto que se logra en el documental sueco SURPLUS sobre la sociedad de consumo (colgado en este blog también.)
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domingo, 31 de enero de 2010
Piezas cortas de ficción y documentales en DigitalShortFilmFest
NEBULOSA 5, un corto de Chema García Ibarra
LA CLASE, un corto documental de Beatriz M Sanchís
UNA VIDA MEJOR un corto de Luis Fernández Reneo
VER MáS EN DIGITAL SHORTFILM FEST
LA CLASE, un corto documental de Beatriz M Sanchís
UNA VIDA MEJOR un corto de Luis Fernández Reneo
VER MáS EN DIGITAL SHORTFILM FEST
miércoles, 27 de enero de 2010
martes, 19 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
martes, 12 de enero de 2010
Ideas para cortos y el proyecto Ravalejar
Ver también el festival de cortometrajes No Todo Film Fest, organizado por Javier Fesser.
Qué idea más genial.
También de Javier Fesser, el cortometraje Binta y la Gran edia, en tres partes.
Ver la segunda parte.
Ver la tercera parte.
Ravalejar es un pequeño documental sobre unas salidas que se cicieron con mujeres inmigrantes del Raval.
Qué idea más genial.
También de Javier Fesser, el cortometraje Binta y la Gran edia, en tres partes.
Ver la segunda parte.
Ver la tercera parte.
Ravalejar es un pequeño documental sobre unas salidas que se cicieron con mujeres inmigrantes del Raval.
lunes, 4 de enero de 2010
Errol Morris y Amnestía Internacional
Documentary filmmaker Errol Morris (The Fog of War, The Thin Blue Line) examines the use of torture and abuse in context of the twelve notorious photographs from Baghdads Abu Ghraib prison. In this interview, Morris investigates the collapse of American values that allowed this human rights atrocity and cover up to occur. Visit protectthehuman.org for more
viernes, 1 de enero de 2010
Un cuento de Cortázar
La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla. Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos. El radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés. «Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. «Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.» Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros. En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua, esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente. Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.
FIN
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla. Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos. El radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés. «Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. «Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.» Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros. En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua, esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente. Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.
FIN
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domingo, 27 de diciembre de 2009
Documentales (16): The Smashing Machine
Se trata de un documental de argumento muy parecido a "The Wrestler" de Daren Aranozsky. Es la historia del declive de un hombre, inducido por las circunstancias y por sus propias debilidades a convertirse en aquello que teme, en la máquina que no quiere ser. Es la historia de como un hombre reacciona ante el miedo, el dolor y la violencia de la sociedad en la que se ha criado...
En contraposición, es interesante el siguiente docuental, sobre otro profesional del mismo mundo, y su particular modo de entederlo, como un espectáculo, o como una sensibilidad "artística".
Para ver segunda parte del documental.
En contraposición, es interesante el siguiente docuental, sobre otro profesional del mismo mundo, y su particular modo de entederlo, como un espectáculo, o como una sensibilidad "artística".
Para ver segunda parte del documental.
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documentales,
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viernes, 25 de diciembre de 2009
Documentales y reportajes (15)
Muy recomendable este hallazgo: echarle un ojo a Journeyman Pictures, en cuya página de Youtube pueden verse trailers de los documentales que ofrece, incluso un resumen de las mejores piezas recopiladas en el 2009, documentales de temática social producidas en variedad de países por todo el mundo.
See full film here: http://journeyman.booserver.com/store...
To kill or not to kill? Soldiers of Conscience is a powerful and balanced look at the choice a soldier makes when he finally must pull the trigger. In fact its clear all soldiers wrestle with the morality of killing in war. Its a split-second decision in the heat of combat that can never be forgotten or undone. A rare documentary; full of action and clever at the same time! Recently broadcast to acclaim on PBS.
After World War II, a US Army study revealed that three quarters of combat soldiers given the chance to fire on the enemy failed to do so. Despite training, the average individual has such an inner resistance toward killing a fellow man that he will not take a life if it is possible not to.
See full film here: http://journeyman.booserver.com/store...
To kill or not to kill? Soldiers of Conscience is a powerful and balanced look at the choice a soldier makes when he finally must pull the trigger. In fact its clear all soldiers wrestle with the morality of killing in war. Its a split-second decision in the heat of combat that can never be forgotten or undone. A rare documentary; full of action and clever at the same time! Recently broadcast to acclaim on PBS.
After World War II, a US Army study revealed that three quarters of combat soldiers given the chance to fire on the enemy failed to do so. Despite training, the average individual has such an inner resistance toward killing a fellow man that he will not take a life if it is possible not to.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Documentales (14): LINKS desde Delicious.com
Para empezar, NFB es una web con links a muchísimos documentales, reportajes y formatos alternativos.
Visita la página web oficial del programa FRONTLINE, de la PBS, la TV pública norteamericana. En la web están colgados sus mejores reportajes desde 1985, sobre toda clase de temas, a nivel nacional e internacional: política, economía, salud, guerra, derechos humanos... las historias de personas corrientes, de personas corruptas, de personas que sufren el sistema y de otras que lo dictaminan. Está muy bien.
Visita la página web oficial del programa FRONTLINE, de la PBS, la TV pública norteamericana. En la web están colgados sus mejores reportajes desde 1985, sobre toda clase de temas, a nivel nacional e internacional: política, economía, salud, guerra, derechos humanos... las historias de personas corrientes, de personas corruptas, de personas que sufren el sistema y de otras que lo dictaminan. Está muy bien.
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periodismo
sábado, 19 de diciembre de 2009
Documentales (13)
My Heart of Darkness/Meu Coração de Trevas, an Eden Film/Akwafrica/Gebrueder Beetz Production Pilot Film
In Staffan Julén & Marius van Niekerk's film "My Heart of Darkness" we follow Marius' journey of reconciliation up the Cuito River, together with three of his former enemies, also PTSD sufferers, they are returning to the town of Cuito Cuanavale where they once fought against each other. As they slowly move towards that battlefield, their hearts of darkness, their memories crowd in like the endless savannah on either side of the slowly passing riverbank. Will they be able to forgive each other? Will they be able to forgive themselves? Will they finally find absolution?
In Staffan Julén & Marius van Niekerk's film "My Heart of Darkness" we follow Marius' journey of reconciliation up the Cuito River, together with three of his former enemies, also PTSD sufferers, they are returning to the town of Cuito Cuanavale where they once fought against each other. As they slowly move towards that battlefield, their hearts of darkness, their memories crowd in like the endless savannah on either side of the slowly passing riverbank. Will they be able to forgive each other? Will they be able to forgive themselves? Will they finally find absolution?
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para un taller de cortometrajes
Cortometrajes en Atom films... para el taller
Visita Atom Films para ver cortometrajes generalmente cómicos, aunque ordenados por categorias.
Como por ejemplo este corto que copia todos los códigos de lo que se ha convertido en un subgénero del cine de terror, las películas sobre un grupo de adolescentes que van de acampada sólo para encontrarse con un asesino en serie que tendrán que esquivar.
Como por ejemplo este corto que copia todos los códigos de lo que se ha convertido en un subgénero del cine de terror, las películas sobre un grupo de adolescentes que van de acampada sólo para encontrarse con un asesino en serie que tendrán que esquivar.
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Documental (12): La pesadilla de Darwin
La pesadilla de Darwin es un documental sobre los efectos del colonialismo europeo en África y la dinámica del actual neocolonialismo. El documental da algunas respuestas a las preguntas, ¿cómo se logra que toda una sociedad sea dependiente de un sistema creado por el colono? ¿De que se alimenta este sistema? ¿Cómo se sustenta: cómo el miedo y la negación de la realidad mantienen a unos siempre subordinados a las tramas de otros? ¿Qué obliga a la gente a hacer lo que no quieren, qué les permite hacerlo? ¿Cómo estos procesos generan cadenas sin fin de pobreza, ignorancia, corrupción del alma y del cuerpo, enfermedad, y muerte? ¿Cómo se retroalimenta el sistema, cuales son las fuerzas que lo mantienen irrefrenable? ¿Y qué papel juega la tecnología en todo ello, la tecnología "al servicio del hombre"? Resuenan los ecos de Frankestein, el argumento clásico de un monstruo creado por un hombre asocial que quería ser Dios, un accidente de la humanidad.
En la década de los años 60, en el corazón de África, una nueva especie animal fue introduci-da en el Lago Victoria como un pequeño expe-rimento científico. La perca del Nilo, resultó ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies autóctonas de este gigantesco lago. El nuevo pez se multiplicó rápidamente, y hoy en día sus blancos filetes siguen siendo exportados alrededor del mundo. Enormes aviones de carga de la antigua Unión Soviética llegan diariamente para recoger los últimos cargamentos de pesca y, a cambio, descargan su mercan-cía Kalashnikovs y munición para las innumerables guerras que tienen lugar en la parte central del continente. Esta explosiva indus-tria multinacional de peces y armas ha creado una desoladora alianza globalizada a orillas del lago tropical más grande del mun-do: un ejército de pescadores locales, ejecutivos financieros inter-nacionales, niños sin casa, ministros africanos, comisarios de la Unión Europea, prostitutas tanzanesas y pilotos rusos.
Dirección y guión: Hubert Sauper.
Países: Francia, Austria y Bélgica.
Año: 2004.
Duración: 107 min.
Género: Documental.
Se puede ver por partes en Youtube.
Es interesante analizar la realidad que presenta la película en relación a la inmigración africana cada vez más abundante en Barcelona, por ejemplo...
Desde el punto de vista formal, sirve para apreciar la diferencia entre un documental (esto es un documental) y otro tipo de formato muy extendido gracias a la TV y otros soportes: el reportaje.
En la década de los años 60, en el corazón de África, una nueva especie animal fue introduci-da en el Lago Victoria como un pequeño expe-rimento científico. La perca del Nilo, resultó ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies autóctonas de este gigantesco lago. El nuevo pez se multiplicó rápidamente, y hoy en día sus blancos filetes siguen siendo exportados alrededor del mundo. Enormes aviones de carga de la antigua Unión Soviética llegan diariamente para recoger los últimos cargamentos de pesca y, a cambio, descargan su mercan-cía Kalashnikovs y munición para las innumerables guerras que tienen lugar en la parte central del continente. Esta explosiva indus-tria multinacional de peces y armas ha creado una desoladora alianza globalizada a orillas del lago tropical más grande del mun-do: un ejército de pescadores locales, ejecutivos financieros inter-nacionales, niños sin casa, ministros africanos, comisarios de la Unión Europea, prostitutas tanzanesas y pilotos rusos.
Dirección y guión: Hubert Sauper.
Países: Francia, Austria y Bélgica.
Año: 2004.
Duración: 107 min.
Género: Documental.
Se puede ver por partes en Youtube.
Es interesante analizar la realidad que presenta la película en relación a la inmigración africana cada vez más abundante en Barcelona, por ejemplo...
Desde el punto de vista formal, sirve para apreciar la diferencia entre un documental (esto es un documental) y otro tipo de formato muy extendido gracias a la TV y otros soportes: el reportaje.
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lunes, 14 de diciembre de 2009
Cierre del Blog para la asignatura de Nuevas TIC
Una valoración de la asignatura.... Podría resumir que como licenciado en Comunicación Audiovisual no ha sido la asignatura más interesante. La aplicación de las tecnologías a la educación ha sido algo que por defecto profesional yo me planteo continuamente desde que empecé a estudiar educación social, sobre todo en cuanto al diseño y la aplicación de talleres relacionados con el video, la foografía, el género documental, en cómo aplicar el uso de las tecnologías y las tecnologías como herramienta de conocimiento, a diferentes colectivos en peligro de exclusión social u obligados socialmente a vivir un destino predeterminado.
Para mí la asignatura, empezando por la creación de este blog personal, sirvió para seguir explorando estas ideas, y además de paso me supuso la oportunidad de aglutinar en una web propia, toda una serie de links relacionados con la educación social o con proyectos de interés para mí. En este sentido la asignatura ha sido útil. Me han descubierto hace poco Delicious.com, una página dedicada exclusivamente a buscar links de interés ordenados por temáticas.
El encargo de realizar un video supuso por un lado el dedicar mucho tiempo a la realización de un trabajo que no me apetecía realizar, pero por otro lado me ha permitido comprobar las posibilidades de un trabajo en equipo, utilizando un formato audiovisual y el género documental, con personas que jamás han tenido experincia grabando nada en video. Ha sido muy interesante ver lo que se puede conseguir trabajandoen equipo pero a distancia, con cinco personas, un guión mínimo y unas pocas pautas para la grabación. Ha sido una grata sorpresa que me sirve de experiencia a la hora de realizar experimentos parecidos en el futuro, sin duda. El video en sí mismo también ha sido en mi opinión un logro, en la medida en que se ha conseguido usar el tema de la Pérdida (la Pérdida entendida como algo esencial para el crecimiento humano, y fundamental en nuestro desarrollo social e individual) como elemento unificador entre personas de muy distintos orígenes y con diferentes trayectorias. Es muy interesante estudiar las diferentes reacciones de las personas que ven el video, sean autóctonos, inmigrantes, jóvenes o no tan jóvenes, porque todos reaccionan de formas diferentes y se identifican más o menos con los diferentes discursos de los personajes, pero para todos el video (de 42 minutos) pasa de manera fluida y no se hace largo, lo cual es mucho y significa que el producto, al menos como objeto audiovisual, funciona. Funciona lo suficiente como para seguir experimentando con este modo de trabajar y de crear videos documentales de manera coral, y funciona también como aproximación al tema de la Pérdida, al menos como una primera aproximación, sobre la que se pueden ir elaborando variaciones con futuros grupos, en diferentes ámbitos y circunstancias.
Para mí la asignatura, empezando por la creación de este blog personal, sirvió para seguir explorando estas ideas, y además de paso me supuso la oportunidad de aglutinar en una web propia, toda una serie de links relacionados con la educación social o con proyectos de interés para mí. En este sentido la asignatura ha sido útil. Me han descubierto hace poco Delicious.com, una página dedicada exclusivamente a buscar links de interés ordenados por temáticas.
El encargo de realizar un video supuso por un lado el dedicar mucho tiempo a la realización de un trabajo que no me apetecía realizar, pero por otro lado me ha permitido comprobar las posibilidades de un trabajo en equipo, utilizando un formato audiovisual y el género documental, con personas que jamás han tenido experincia grabando nada en video. Ha sido muy interesante ver lo que se puede conseguir trabajandoen equipo pero a distancia, con cinco personas, un guión mínimo y unas pocas pautas para la grabación. Ha sido una grata sorpresa que me sirve de experiencia a la hora de realizar experimentos parecidos en el futuro, sin duda. El video en sí mismo también ha sido en mi opinión un logro, en la medida en que se ha conseguido usar el tema de la Pérdida (la Pérdida entendida como algo esencial para el crecimiento humano, y fundamental en nuestro desarrollo social e individual) como elemento unificador entre personas de muy distintos orígenes y con diferentes trayectorias. Es muy interesante estudiar las diferentes reacciones de las personas que ven el video, sean autóctonos, inmigrantes, jóvenes o no tan jóvenes, porque todos reaccionan de formas diferentes y se identifican más o menos con los diferentes discursos de los personajes, pero para todos el video (de 42 minutos) pasa de manera fluida y no se hace largo, lo cual es mucho y significa que el producto, al menos como objeto audiovisual, funciona. Funciona lo suficiente como para seguir experimentando con este modo de trabajar y de crear videos documentales de manera coral, y funciona también como aproximación al tema de la Pérdida, al menos como una primera aproximación, sobre la que se pueden ir elaborando variaciones con futuros grupos, en diferentes ámbitos y circunstancias.
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